3/07/2010

. . . ¿Para qué vivir? . . .


Miro para atrás, miro hacia adelante… todo se nubla.
¿Cómo vamos? ¿En qué pensamos? ¿Algo nos motiva?
Llevo varios días prestando especial atención a lo que encuentro más próximo, y cada minuto que pasa se hace más caótico.

Inspirada en un libro me siento a escribir, buscando abrir mentes que interpreten lo que desde este lugar voy a intentar describir.

De forma aislada surgen claros indicios de una enfermedad generalizada, de una saturación expansiva, de un vacío popular.
(Veo que no estamos haciendo muy bien las cosas)

No soy muy amiga de las estadísticas, en realidad detesto los números… pero no puedo evitar escucharlos… y los porcentajes de depresión (sobre todo infantil), divorcios, adicciones (a cualquier cosa), depravación, acosos, entre otras barbaridades… me generan cierta curiosidad.

¿Qué cambió?
Noto una gran diferencia en las relaciones, en la manera de hablar, de escuchar, de transmitir, básicamente en la manera de comunicar; noto una tendencia desmedida hacia la virtualidad; noto que la inmediatez que actualmente nos ahoga… avasalla todo sentido existencial, nos encapsula en el abismo de lo perverso y nos guía hacia la nada.
Más de una vez escuché decir que la “Era Tecnológica” es el único camino que tiene el ser humano para ser completamente libre.
Conectados a internet podemos llegar a pisar la otra punta del globo terráqueo. “Enter” y desde Argentina bailo el Hula-hula en el Caribe… ¡Por Dios! ¿Es eso real? Por supuesto que no… la era tecnológica es la peor lacra que le pudo pasar a la humanidad.

En las bases del “progreso” me siento sumergida en una total regresión.

Esos aparatitos trastornan la mente hasta vaciarla. Nada ya importa, sólo tener el último Iphone, LCD, o esa heladera que canta y baila. Es sumamente necesario “si no lo tengo, no soy nadie, no pertenezco, quedo completamente fuera (¿de qué?)”. Genera “status”, respeto, una patética popularidad, una incontrolable adicción: “tener lo último”.

Paralelamente noto como se aletarga la estadía de los “jóvenes” en sus casas, aprovechando al máximo a papá y mamá “¿Para qué salir a trabajar? ¿Para qué crecer? ¿Para qué madurar? En casa estoy cómodo”
Al mismo tiempo, papá y mamá no dejan que el “nene” o la “nena” se vaya muy lejos… “todo está difícil, no es como era antes”, pero en realidad… esa ida para cualquiera significaría la tan detestada y odiada palabra: (mejor lo digo en voz baja) ¡¡VEJEZ!!

Nadie quiere crecer, todo se estanca, los años no pasan y la ciencia promete la gloriosa eternidad. Lo raro es que los años sí pasan, y nadie se está dando cuenta de eso…

Quiero hacer referencia a una espantosa historia ocurrida en 2004. Joyce Vincent, una solitaria londinense de tan solo 40 años, dejó de pagar el alquiler del lugar en que vivía; casi dos años después, Michael Dibbs, regente de la cooperativa de viviendas “Metropolitan Housing Trust” administradora del bloque de casas donde ella residía, se presentó en la misma para comunicarse con Vincent y así finalizar con la extraña mora. Como nadie abría la puerta, entró forzando la cerradura y encontró el cadáver de Joyce en el suelo, con la ropa puesta y la calefacción y el televisor encendidos. El patólogo forense que estudió lo que quedaba del cuerpo no pudo establecer las causas de la muerte debido a que los restos eran casi un esqueleto, pero se descartaron circunstancias sospechosas de fallecimiento.
Joyce y su familia tenían un contacto casi nulo, por lo que éstos no se preocuparon. A los vecinos no les resultó extraño, señalaron que como se escuchaba el sonido del televisor, dieron por sentado que todo estaba bien…

Momento, momento, momento… PARAME la música.

Si hay televisión… ¿¿Hay vida??

Es tétrico pero real. Las cenas en familia, los almuerzos, esos pequeños momentos que este alterado mundo nos entrega, se encuentran siempre mediados por las “fantásticas” creaciones tecnológicas. Puedo compartir un café con alguien, tener algo importante para resolver, pero si suena el celular… quedo completamente relegada del espacio, convertida en un ente inerte frente a quien no puede postergar esa única, irrepetible, e indispensable llamada.




¿De dónde surge la necesidad de tener lo que jamás fue necesario tener? Creo simplemente, que mentes brillantes, sedientas de dinero y poder, utilizan los artilugios de la palabra, manipulan las flaquezas de la vida, lo natural, para hacernos creer que “necesitamos tener” vacuos objetos para ser felices.

El término “necesidad” tiene correspondencia directa con el de “urgencia”, y contraposición absoluta al de “reemplazo”, “intercambio”.
¿Acaso el celular más caro y más lindo del mundo (que en 3 minutos pasa a ser el SEGUNDO celular más caro y más lindo del mundo) me da de comer? ¿Me escucha? ¿Me ayuda a pensar? ¿A darle rumbo a mi vida? ¿A encontrar el sentido de mi existencia?
Acaso tener mil cuatrocientos cincuenta amigos en internet o adeptos a un grupo ¿me explican por qué soy un fracasado? ¿Por qué estoy solo? o ¿Por qué tengo los problemas que tengo?

Creo que no, creo que ni un celular, ni mil vidas en una red social me van a ayudar a entender la única vida que tengo para vivir, a la que tengo que dedicarle tiempo, responsabilidad; a la que tengo que cuidar y mantener rodeada de personas de carne y hueso que sí me escuchan y que sí me ayudan a darle sentido, a encontrarme, a ser lo que verdaderamente soy… y no lo que otros creen que soy, o yo quiero que crean que soy. De personas enteras y sinceras que me ayudan a concretar proyectos reales, en lugares reales, luego de atravesar un proceso duro y lento, pero con la ilusión de regocijarme algún día en la plena y única satisfacción que premia la persistencia y el esfuerzo de luchar contra lo inmediato, lo fugaz, lo descartable.

“Mi pareja me aburrió, mejor la cambio” Esa, exactamente, es la filosofía que la era de la tecnología nos hace vivir, o mejor dicho, nos hace padecer. Porque no venden sus productos con un fin de utilidad, es el consumo por el consumo, el consumo mediante la pereza, la denigración de lo imprescindible. Hay que prestar atención…

Los mensajitos de textos, cada vez encuentran más abreviaturas patéticas que, sin darse cuenta, destrozan y acaban con la ortografía y el lenguaje de quien escribe.
El Presidente de la Academia Nacional de Letras, destaca que actualmente los jóvenes hablan con un promedio de 250 palabras, frente a las 800 que se utilizaban hace 10 años. Esto es horrible, si se tiene en cuenta lo que sabiamente dijo algún día Wittgenstein: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, de mi entendimiento… ¿Qué se puede esperar?
Además ¿quién entiende? “grcs” es GRACIAS; “de nda” es DE NADA; “tkr” es TE QUIERO”… palabras tan esenciales terriblemente vapuleadas… es triste. Pero más triste es darme cuenta que este gran circo que vela por la “sociabilidad” no logra más que lo opuesto. En algunos casos, la pantalla le permite al tímido decir lo que cara a cara no se anima a decir, le hace vivir un momento de apertura irreal que inevitablemente le crea cierta dependencia. Esta persona no podrá decir lo que tiene para decir sin la mediación de aquel (tan preciado) disfraz.
Lo que creo es que el tímido se hace cada vez más tímido, inmovilizado en un mundo virtual, aislado de toda realidad, preso.





“Intimidad”, “Privacidad”, “Individualidad”. Son términos que colapsan, porque justamente la “Popularidad” tiene un valor sagrado. La dignidad del ser humano se entierra completamente por 2 minutos de pantalla… tooodo pasa por la pantalla.

Sé que suena catastrófico y posiblemente exagerado. Sé que me pueden aturdir de argumentos aparentemente irrefutables en favor del “progreso”, de estos medios “democráticos”, partidarios de la libertad de elección y de acción. Pero la verdad… es que nunca vi al hombre tan manipulado, solo, vacío, inmaduro e ignorante que hoy, que en este mundo, que en esta cárcel.

La masa (valga la redundancia) se mueve en masa, el individuo se pierde en ella y de la misma manera pierde su singularidad, su esencia, su valor, su capacidad de elegir… se pierde.
La masa es peligrosa, perversa, sólo invoca al número. No tiene conciencia, no tiene moral.



Alejémonos de la muchedumbre, del conformismo, de la moda. Busquemos.

Vivir no es un camino seguro. Vivir conlleva también pena y sufrimiento. Para ser feliz es necesario conocer lo que duele estar triste.
No apaguemos lo mágico de ciertas sensaciones con aparatejos que aturden… es enfermo.

Cada objeto tiene una “vida útil”, una falla estipulada que le da tiempo al siguiente para aparecer y alucinar a esas vidas asustadas y vacías, siendo al mismo tiempo un desecho tóxico fulminante para el medio ambiente.

No podemos estar bajo su control. ¡No podemos dejar pasar el tiempo enchufados!


“¿Para qué vivir?” Ojalá no perdamos la capacidad de entender la pregunta… y mucho menos de buscar la respuesta.







emiliA !










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